Esto nos trae al recuerdo a San José, hombre bueno, esposo virginal de la Virgen María, quien al notar que ella estaba embarazada, sin saber que el bebé en su vientre era el Hijo de Dios, engendrado por el Espíritu Santo, pensó “dejarla en secreto para no ponerla en evidencia”.

Pero Jesús, con su Sabiduría infinita por ser Dios, no hace ni una cosa, ni la otra, sino todo lo contrario. Nos cuenta el relato de San Juan que sin siquiera levantar la mirada para ver a la mujer culpable, ni tampoco a sus acusadores, comienza a escribir sobre el polvo del suelo. Como creen que Jesús no les está haciendo caso, vuelven a insistir. Entonces el Señor se incorpora y les responde: “Aquél de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Luego se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo. Poco a poco, uno tras otro comenzaron a escabullirse.
¿Cuál sería esa escritura misteriosa que con aparente desdén Jesús hacía sobre el polvo? Algunos piensan que escribía los pecados de los acusadores. Por supuesto, no les quedó más remedio que escabullirse.
Vemos, entonces, que Jesús hace algo absolutamente nuevo no contemplado por la Ley: sólo el que esté libre de pecado puede lanzar piedras. ¿Y quién es el único libre de pecado? Solamente El, el Inocente que cargó con todos los pecados: los que posiblemente escribió en el suelo, los de la mujer adúltera y los de cada uno de nosotros. Y El no pronuncia sentencia, no condena a la mujer.
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