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miércoles, 28 de julio de 2010

yo no voy a misa los domingos

Autor: Eduardo María Volpacchio  Fuente: www.algunasrespuestas.com

Yo no voy a Misa los domingos. Dios es bueno y no me va a castigar por eso...

¿Dejar de amar a Dios porque es bueno?

Yo no voy a Misa los domingos. Dios es bueno y no me va a castigar por eso...

Aunque parezca curioso —y en realidad sea paradójico— hay personas que se alejan de Dios porque piensan —con razón— que es muy bueno.
¿Tiene esto sentido?
Me preocupa que haya almas que se alejen de Dios por una concepción sentimental del amor, sin darse cuenta de lo poco razonable de un planteo que dan por obvio, y que no lo es en absoluto.

En concreto, hay personas que justifican, por ejemplo, su inasistencia a la Misa dominical, con un argumento sorprendente:

“Yo no voy a Misa los domingos. Dios es bueno y no me va a castigar por eso”

Parecería que detrás se esconde el siguiente razonamiento:

“No voy a Misa porque Dios no me va a condenar por eso; es decir, sólo iría en caso de que corriera peligro de condenación”.

Y con la misma actitud se intenta justificar algunos comportamientos contrarios a la moral cristiana (el uso de anticonceptivos, las relaciones prematrimoniales, el concubinato —que es como se llama técnicamente que novios vivan juntos—).

Ante estos casos, tenemos que preguntarnos si la misericordia infinita de Dios es motivo para ofenderlo sin reparo. Y si esa ofensa es gratis; es decir, no tiene un costo personal para nuestras almas.
No vamos a ir aquí al fondo de la cuestión (el papel de la moral en la vida cristiana, la obligatoriedad moral de los preceptos de la Iglesia y el papel de la Eucaristía en la vida cristiana, etc.), sino que simplemente nos preguntaremos si el supuesto que Dios no va a castigarme por dejar de adorarlo, de amarlo y de dedicarle tiempo, es un motivo razonable para dejar de hacerlo; si pensar que no va a condenarme es motivo suficiente para ofenderlo con actos contrarios a su ley moral.

La aclaración de algunos puntos fundamentales ayudará a entender el error que esconde la justificación que nos estamos analizando.


1) El amor y la vida cristiana
Comenzamos por analizar el papel del amor de Dios y de nuestra correspondencia en la salvación.
Una cosa es clara: lo que nos salva es el amor de Dios, no nuestras obras. Hay una primacía absoluta de la gracia sobre nuestras obras.

Jesucristo no se hizo hombre para evitar la condenación de los hombres, sino para llevarlos a la plenitud de la filiación divina: eso es lo que nos salva.
La causa de la salvación no es el amor que tenemos a Dios, sino el amor que Dios nos dona con la gracia.
Un amor cuyo fruto no es sólo la satisfacción afectiva de quien lo recibe, sino sobre todo una vida nueva (ese amor es amor divino, y como tal, nos diviniza). Esa vida, la recibimos y vivimos nosotros. Ser amados por Dios no es algo meramente pasivo, hemos de aceptar y asimilar ese amor, haciéndolo nuestro y ¡viviéndolo!

“Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, decía San Agustín. Nuestra libertad tiene un papel fundamental.

Haciendo nuestro amor que Dios no dona, podemos amar con ese amor y entonces la salvación se expresa en ese amor: recibimos el amor para asimilarlo, y una vez asimilado –hecho nuestro- poder amar con ese amor de Dios, que ahora es nuestro.
Es decir, es Dios quien nos salva, pero nuestras obras coherentes con esa salvación resultan indispensables para aceptación y la vivencia de esa salvación.

2) Quien salva y quien se condena
Si nos negáramos a amar, rechazaríamos el amor y con él, la salvación que se nos ofrece… y, por lo mismo, dejaríamos de estar salvados.
El amor de Dios es inagotable (es infinito), de manera que no se cansa de ofrecernos su amor salvador. Siempre estará dispuesto a perdonarnos, si volvemos a El arrepentidos. Siempre estará dispuesto a recibirnos, si a Él nos acercamos. Pero para que efectivamente nos perdone, nos salve y nos reciba, hemos de aceptarlo amando: nuestra libertad también aquí es imprescindible.
Dios no nos condena, pero no porque no pueda hacerlo, sino porque ¡no quiere hacerlo! Espera paciente y quiere la conversión de nuestro corazón. Conversión que sólo se llevará a término recorriendo el camino que El nos señala. Si nosotros no queremos amarlo, si rechazamos su voluntad, si nos cerramos a las fuentes de la gracia, estamos rechazando libremente su amor, su perdón y su salvación. Y esto es muy malo, haciéndolo nos condenamos a nosotros mismos. En esto consiste el infierno:
Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”
Catecismo de la Iglesia Católica, 1033.
3) Razón de ser de las exigencias de Dios
Dios no necesita nuestro culto ni nuestra obediencia. Simplemente pide lo que necesitamos para alcanzar la plenitud humana y sobrenatural. Así lo creemos los cristianos. Detrás de sus mandamientos no vemos un capricho irrazonable, sino una voluntad paterna que conduce a la plenitud en la vida eterna, a través de las vicisitudes de esta vida. Eso vale para los mandamientos y para la recepción de los sacramentos, para la oración y para la caridad. Todo es importante, porque nuestro Padre Dios nunca nos pedirá algo para molestarnos.
Jesús nos enseñó a pedir: “hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”. Y pedimos que la cumplan los planetas, y los animales y los hombres… comenzando por nosotros mismos. Porque ¡de verdad!, es lo mejor para nosotros.

4) El perdón de Dios y realización personal
El pecado hace mal al alma. El perdón, no es una cuestión formal: Dios cura el alma cuando perdona. Sería una locura pecar solamente porque Dios perdona (como diciendo, ¿para qué dejar de pecar si después te perdonan igual?).
Este planteo supone que pecar es bueno —lo mejor que podemos hacer—, pero un Dios caprichoso nos lo prohíbe. Pero como tan malo no es, nos deja una puerta de escape: que lo hagamos tranquilos ya que después El nos perdona. ¡Esto es absurdo!

Otra cosa es que seamos débiles y caigamos.
Entonces necesitamos perdón de por las cosas malas que hacemos, y por el bien que dejamos de hacer, por el amor que dejamos voluntariamente de tener. Y el primer paso para el perdón es el arrepentimiento: es imposible el perdón sin el rechazo personal del pecado, ya que Dios no nos liberará de las acciones que nosotros no rechazamos (una vez más respeta nuestra libertad). Pero esto imposible si pensamos que lo que hicimos es bueno.
Pero no es sólo cuestión de que pensar en el perdón de Dios. Es el aspecto negativo: liberarnos de lo malo que haya en nuestra vida.
Pero hay una cuestión mucho más importante y muy positiva: para realizarnos, cumplir su palabra es esencial.

Cumplir la ley de Dios no es lo que nos salva, sino que es la consecuencia natural de haber sido alcanzados por su amor. La procuramos cumplir no por miedo a castigo, sino porque hemos descubierto el amor de Dios. Queremos hacer lo que Dios nos pide porque lo amamos. Porque entendemos lo grande que es su sabiduría y su amor.
En el caso de la Misa; no asisto por miedo a que Dios me castigue (sé que me va a perdonar todas las veces que sinceramente le pida perdón por haberlo ofendido), sino porque quiero participar de la mayor donación de amor de Dios a los hombres: la Eucaristía.

5) Amor y temor
La Teología nos enseña que el temor de Dios es un don del Espíritu Santo: se nos infunde junto con la gracia santificante y las virtudes infusas.
Esto podría resultar un poco curioso: ¿Acaso Dios quiere que le temamos? ¿No es acaso nuestro Padre? ¿El buen Pastor que busca la oveja perdida y da la vida por ella?
Ante estas perplejidades es justo que nos preguntemos qué tipo de temor nos infunde el Espíritu Santo, de qué miedo se trata.
En relación a Dios, puede haber varios tipos de temores, uno malo, uno imperfecto y otro óptimo.
Tener miedo a Dios y mantenerse alejado de Él por eso, es un temor malo, sin sentido. Un miedo que teme a un Dios del que habría que cuidarse…

Está claro que no hemos de tener miedo a Dios: es el más amoroso de todos los padres.
Entonces, ¿miedo a qué hemos de tener? En primer lugar a nosotros mismos… a que —por nuestra debilidad— nos apartemos de Dios, a que lo ofendamos. Se trata de un sano temor a ofender a quien tanto nos quiere, un temor que nos lleva a alejarnos de las ocasiones de hacerlo. En esta línea el sacerdote reza en Misa, antes de recibir la Comunión: “haz que siempre cumpla tus mandamientos y no permitas que me separe de Ti”.
Este es el temor de Dios bueno: temor a fallarle a nuestro Padre, a estropear nuestra vida con el pecado. Es un “miedo” muy santo, filial, cariñoso.
Un temor a cometer la locura de rechazar su amor pecando, de vivir lejos de El; y, por lo mismo, terminar lejos suyo por toda la eternidad (te recuerdo que eso es el infierno).
Hay quienes piensan el amor y la confianza excluyen todo respeto y temor. Pero no es así; el amor incluye el respeto como línea de mínimo: respeto a quien amo, y difícilmente amaré a quien ni siquiera respete.
Y el respeto es una cierta forma de temor: un temor que puede ser amoroso, cuando lo que se teme es alejarse del amado, hacerlo sufrir, fallarle, ofenderlo. De manera que amor, temor y respeto, si se los considera en su justo lugar, están relacionados.
Por eso la Sagrada Escritura enseña que “el comienzo de la sabiduría es el temor de Yahveh; muy cuerdos todos los que lo practican” (Ps 111,10).

6) El miedo y el cumplimiento de los preceptos
En relación al temor de Dios y el cumplimiento de su voluntad caben varias posibilidades. Analicemos sólo tres de ellas.
a) Podemos movernos en la vida por miedo al infierno, un miedo nada filial ni amoroso. Sería un miedo timorato, un miedo que nos apartaría del pecado y nos haría cumplir la voluntad de Dios; un miedo que nos llevaría a hacer cosas buenas y evitar las malas —por tanto que nos haría buenos—, pero imperfecto porque le faltaría amor. Imperfecto no significa malo: es bueno, pero carece de perfección.
Antiguamente –y también en nuestros días- era frecuente encontrar personas que cumplían los preceptos de la ley de Dios por este tipo miedo: miedo a un castigo de Dios, miedo al infierno, etc.
Aunque debemos reconocer que no todo era miedo. Querían a Dios lo suficiente para no querer perdérselo en la eternidad, y estaban dispuestas a pagar el precio de cumplir con lo que Dios mandara para conseguirlo. Se trataba de un miedo que era bueno, porque las apartaba de hacer cosas malas y las conducía a hacer otras buenas, aunque como dijimos bastante imperfecto. No habían descubierto el amor a Dios como motor de su comportamiento. Esas personas tendrían que superar este temor, aprendiendo a cumplir la ley de Dios por amor a Dios.

b) También existe –y ojalá lo tengamos- el santo temor de Dios, que excluye todo miedo a Dios y está lleno de confianza en El.
Quien tiene este santo temor de Dios, hará lo que Dios le pide por amor. Un amor que le llevará a sacrificarse cuando le cueste, para evitar ofender a quien tanto quiere.

c) Podríamos experimentar también una carencia de miedo “patotera”, que enfrenta a Dios. Éste es el caso del que nos ocupamos en este artículo.
Nos encontramos aquí con una versión radicalizada del miedo como motor de la relación con Dios, pero desde una perspectiva negativa: ya no es que cumpla con Dios por miedo al infierno, sino que dejo de cumplir con El, precisamente porque no le tengo miedo.
En esta versión Dios se ha vuelto inofensivo: ya no inspira miedo. Entonces no mueve.
Es bueno no tener miedo; pero es muy triste dejar de gozar de la Eucaristía por falta de miedo. Es bueno no tener miedo a Dios, pero es triste alejarse de El con la excusa de esa falta de miedo.

7) La esperanza y la presunción
En este análisis no puede faltar una breve referencia a la presunción. Es un pecado contra la virtud de la esperanza, que el Catecismo de la Iglesia (n. 2092) define de la siguiente manera:
“Hay dos clases de presunción. O bien el hombre presume de sus capacidades (esperando poder salvarse sin la ayuda de lo alto), o bien presume de la omnipotencia o de la misericordia divinas, (esperando obtener su perdón sin conversión y la gloria sin mérito)”.
De más está decir que el caso que no ocupa se encuadra absolutamente en estos términos.
De más está decir que el caso que no ocupa se encuadra absolutamente en estos términos.

Conclusión: cosas que no cierran…

Dejar de ir a Misa porque Dios no me va a condenar por eso, resulta curioso. Y parece bastante egoísta.
Si Dios no me condena, entonces no hago lo que me pide, no me acerco a la Eucaristía, no cumplo sus preceptos. Como si la voluntad de Dios fuera opuesta a la mía… y mientras no corra peligro de condenación, no tengo ninguna intención de corregir la mía para identificarla con la suya.
Además surge otro inconveniente: la asistencia a Misa dominical no es un opcional de la vida cristiana. El Catecismo de la Iglesia Católica señala que “la Iglesia obliga a los fieles a participar los domingos y días de fiesta en la divina liturgia (…) (y) recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días” (n. 1389). Es decir, es de las cosas que determinan la identidad cristiana.
Lo mismo ocurre con los preceptos morales: no son simples consejos, sino que hacen a la fidelidad fundamental a Cristo.
Ante semejante planteo, surgen muchas preguntas que no encuentran respuesta:
¿Donde queda el amor? ¿Qué espero de Dios? ¿No me importa vivir y edificar mi vida al margen de El? ¿Puedo decidir yo cómo amar a Dios, independientemente de lo que Él me pide? ¿Qué es la Eucaristía para mí? ¿Puede ser que me importe tan poco lo que pide?
¿Donde queda el sentido más profundo del cristianismo como divinización del hombre? ¿Qué es para mí la vida de la gracia? ¿Qué es esa vida eterna que me da la Eucaristía?
¿Donde queda el “haced esto en memoria mía”? ¿Qué “pasa” en la Misa para que tenga que ir? ¿Qué falta en mi vida cuando no voy?
¿Por qué la Iglesia enseña que faltar a Misa sin causa grave, sea un pecado mortal? ¿Exagera? ¿Quiere asustar? ¿Acaso miente o simplemente no sabe de qué está hablando? ¿Qué importancia tiene un pecado? El hecho de que Dios perdone los pecados ¿hace que sea lo mismo cometerlos o no cometerlos?
¿Me hace bien el no ir a Misa? ¿Pierdo algo si no voy? ¿Es indiferente ir o no ir? ¿Hace algún daño a mi alma dejar voluntariamente la Misa?
Los que cumplen la voluntad de Dios ¿acaso son tontos? ¿no se han dado cuenta que no es necesario?
Este planteo deja demasiadas preguntas sin responder. Y no es cuestión de que Dios me vaya a castigar… es cuestión de que no puedo vivir sin El…
Y es una actitud que acaba siendo demasiado peligrosa, ya que vivir voluntariamente desconectado de las fuentes de la gracia hace que nuestra vida sea sobrenaturalmente muy pobre, si no es que acaba careciendo totalmente de la vida sobrenatural que dan los sacramentos.

Ir al fondo de las cosas
Para terminar, te invito a que por tu cuenta consideres varias cosas: qué es la Misa, para qué la ha instituido Dios, qué espera de mí. Por qué la Iglesia me insiste tanto en la necesidad que tengo de ella, al punto de obligarme a ir bajo pena de pecado mortal. Qué sentido tienen las exigencias morales. Qué es el amor a Dios y qué papel tiene el santo temor en la vida cristiana.

Si todavía no has descubierto el tesoro divino escondido en la Misa, o en los bienes que protegen los mandamientos… no dejes de asistir o de vivirlos, buscá y pedí a María que te lo enseñe: serás feliz cuando lo encuentres y tu vida alcanzará una dimensión divina.

Y por último que no te dejes llevar por la falta de miedo.
¿Dejar de cumplir la voluntad de Dios excusado en que va a perdonarme?
¿Ofenderlo porque me perdona?

¿Vivir lejos suyo porque no me quiere condenar?

¿Tiene esto algún sentido?

Que Dios no quiera condenarme no es excusa para ofenderlo, sino que ¡hace más grave el desprecio! Endurece el corazón.

Podría sucedernos lo que a los judíos en Meribá, después de cruzar el Mar Rojo: cuantos más prodigios veían, más caprichosos y patoteros con Dios se volvían (cfr. Exodo cap. 15-17; Ps 94).

sábado, 24 de julio de 2010

MATRIMNIO

Iglesia Viva 22.7.10. Se iniciaron —problemas en el matrimonio— con una cierta frialdad en la relación; se sentían distantes. Se perdió la frecuencia del diálogo amoroso y desinteresado. Un ambiente enrarecido envolvía la casa: ¡pobres hijos inocentes! Todo envuelto en tensión interior, malestar. Se retrasaba la llegada a la casa…

¿Crisis? Abusamos de este término: una dificultad – contra tiempo – discusión… no son “crisis”. Esta se presenta cuando en realidad los fundamentos ya se resisten.

Los motivos pueden ser varios, que en principio no suponen culpa.
. Veamos:

Previo: “Me casé y no me casé”: “Aquel embarazo no deseado, precipitó las cosas. Faltó una personalidad fuerte desafiando maliciosos comentarios, miradas especiales… La presión de los padres nos llevó al matrimonio. Pero al no darse las condiciones todo funcionó mal. El fingir un amor, que no lo era sino una “aventura” pasional, no se mantiene largo tiempo”. ¡Qué lamentable la preocupación excesiva por nuestra imagen y el terror de algunas a ser madres solteras!
Pero incluso partiendo de una unión de vidas seria y profunda, de una decisión madura precedida de un noviazgo profundo – sincero, se pueden presentar problemas en la pareja, de diversa importancia, que provocan el malestar al que más arriba nos referíamos.

Motivos posibles: Muchos tienen – tenemos variaciones en nuestra psicología. Frecuentemente no aclaradas racionalmente.

¿Nuestro inconciente? ¿Desajustes endocrinológicos?
El hecho es que desaparece la deseada estabilidad de carácter.

Un ejercicio de la profesión, invasiva, perjudica a la pareja y a los hijos.

La intromisión de familiares es muy negativa. Algunos, ya realizado el matrimonio, siguen con su cordón umbilical intacto. La influencia de malos amigos lo empeora. El abuso de la bebida llega a hacer dolorosa la convivencia. Y, en mirada profunda, si se abandona la vida feliz de fe, el contacto gratificante con el Padre Dios en la oración diaria, la frecuencia de la Sagrada Comunión… ¿Con qué fuerzas contamos? “Los humanos, en frase de Arthur Welff, somos mitad de acero, mitad de barro”. Amigos lectores lo experimentamos frecuentemente.

Caminos de mejora – superación:

 El sol se oculta pero sigue. Reaparecerá. Tengamos paciencia.

 Primera actitud: “Yo, la posible causa”, no la de él – ella o de otros.

 No tomar decisiones en esta época nebulosa. Mucho menos pronunciar la negra palabra: Divorcio.

 Compartir con alguien de total confianza, como consejero matrimonial, sacerdote amigo…

 Evitar absolutamente discutir – peleas delante de los hijos.

 En el intercambio de pareja no herir ni usar términos que sabemos humillan y duelen.

 En discrepancia de opiniones, ceder y ceder todo lo posible. Perdemos 10 puntos y ganamos 100. Excelente negocio!

 No abocarnos en tal proporción a los hijos que marginemos al cónyuge.

Concluyamos: Aceptemos que la vida matrimonial al igual que la sacerdotal, dentro de su felicidad, incluye cruz, sufrimiento y dolor. Este es el precio de Cristo Jesús, el Señor, por su fidelidad al Padre Dios y a nosotros.

Una dosis de humor es siempre beneficiosa, nos serena: “No crea Ud. que por casarse ya es un buen esposo – esposa; del mismo modo que comprar un piano no le vuelve un pianista”. (Michael Levine).

Esperemos con fe, de nuevo aparecerá el sol.





¿Y Ud. qué dice?

jueves, 22 de julio de 2010

MARÍA MAGDALENA

"Había una vez una seguidora de Jesús que lo amaba lo tanto como para tener el valor de presenciar su crucifixión. Él a su vez, la amaba tanto como para elegirla como la primera en saber sobre su resurrección."
Kathleen Housley

No era Prostituta

María Magdalena es quizás la figura más calumniada y malentendida desde el inicio de la Cristiandad. Desde el cuarto siglo, ha sido presentada como una prostituta y pecadora pública quién, después de encontrarse con Jesús, se arrepintió y pasó el resto de su vida en oración y penitencia.

En el mundo del arte y la hagiografía Cristiana, María ha sido increíblemente idealizada románticamente, simbolizada, y mistificada. Algunas de las pinturas históricas, son casi pornografía beata, presentándola como un epítome de sensualidad y espiritualidad. El efecto neto ha sido reforzar la desafortunada noción de que la sexualidad, especialmente la femenina, es algo vergonzoso, pecador y digno de arrepentimiento. El relato bíblico real de María Magdalena pinta un retrato muy diferente al de la reformada prostituta con los pechos desnudos del arte Renacentista.

La Primera Testigo de la Resurrección

En ningún lugar del evangelio se identifica a María como una pecadora o una prostituta. Al contrario, los cuatro Evangelios, la muestran como la primera testigo de los eventos Cristianos más centrales. Viajó con Jesús en el apostolado de Galilea y, con Joanna y Susana, apoyó la misión de Jesús con sus propios recursos económicos (San Lucas 8:1-3). En los Evangelios Sinópticos, María guía al grupo de mujeres a dar testimonio de la muerte y entierro de Jesús, la tumba vacía, y Su Resurrección.

En los Evangelios Sinópticos también se compara el abandono de Jesús por los discípulos con la fortaleza fiel de las discípulas, quienes, guiadas por María lo acompañan en esta muerte tan vergonzosa y agonizante. Algunos han atribuido la fidelidad de estas mujeres al hecho de que corrían menos riesgo de ser crucificadas. Sin embargo los eruditos bíblicos demuestran que los romanos crucificaron a mujeres e incluso a niños en su brutal y, tal como llegó a resultar, inútil intento de desanimar la insurrección.

Los eruditos consideran que el mensaje de la Resurrección encomendado primero a la mujer según el evangelio, es una de las pruebas más grandes de la historicidad del relato de la Resurrección. De acuerdo a la ley Judía, el testimonio de la mujer no se reconocía. Si los relatos sobre la Resurrección de Jesús fueran fabricados, nunca se hubiera incluido a la mujer como testigo.El nombre de María Magdalena aparece en los cuatro Evangelios como encabezando el grupo que descubrió la tumba vacía. Sin embargo, la identidad de las mujeres que la acompañaron varía de evangelio a evangelio. En San Mateo, Marcos y Lucas aparece María, la madre de Jaime y José. No obstante, San Marcos incluye a Salomé, mientras que San Lucas añade a Juana pero no a Salomé.

El evangelio de San Juan nombra solamente a María Magdalena como la primera en descubrir la tumba vacía. El autor San Juanista reporta que corrió a contarle a Pedro y a los demás quienes verificaron que efectivamente la tumba estaba vacía, y salieron. María se quedó, llorando, y recibe la primera aparición de Jesús resucitado. Algunos eruditos creen que solamente María Magdalena descubrió la tumba vacía. Dicen que el relato de San Juan, a pesar de que fue escrito después de los sinópticos, es actualmente uno de los primeros textos históricos.

Los cuatro evangelios fueron escritos para cuatro comunidades Cristianas dispares en un período de treinta a cuarenta años. El que se nombre a María Magdalena idénticamente en todos indica que fue reconocida por todos como la principal testigo de la Resurrección..

El Evangelio de San Juan también muestra al Cristo Resucitado enviando a María Magdalena a anunciar la Buena Nueva de su Resurrección a los otros discípulos. Esto hizo que los Padres de la Iglesia la nombraran "el apóstol de los apóstoles." Los primeros escritos Cristianos sobre este tema, describen a comunidades de fe completas desarrollándose en el ministerio de María. Los eruditos creen que esto indica que era una líder mujer muy conocida a principios de la Cristiandad.

¿Qué Sucedió?

Entonces, ¿qué sucedió para que los Cristianos del siglo XXI no hayamos nunca escuchado sobre la función que tuvo el fuerte liderazgo de María durante la vida de Jesús, y su importante liderazgo durante el comienzo de la Iglesia? Hay varias posibles explicaciones. Una es la común mala interpretación del Evangelio de San Lucas que nos dice que "de la que habían salido siete demonios" (San Lucas 8:1-3). Para los Cristianos del primer siglo esto significaba solamente que María había sido curada de alguna enfermedad seria, no que era pecadora. Como no entendían muy bien las enfermedades internas, comúnmente se atribuían al trabajo de espíritus malos, sin que la presencia de tal enfermedad necesariamente estuviera asociada con el pecado. El número siete sólo simbolizaba una enfermedad grave o que era contagiosa.

Otra mala interpretación muchas veces es tratar de identificar a María Magdalena en los siglos IV y V como la "pecadora que amó mucho" como aparece en San Lucas 7:36-50. Esta mujer "de mala vida que vivía en el mismo pueblo" baña los pies de Jesús con sus lágrimas, los seca con su cabello, y derramó sobre ellos un perfume caro. Jesús alaba su gran amor y utiliza la ocasión para enseñarle a su anfitrión Simeón la naturaleza del perdón. Simeón nota que Jesús no sabía quién era la mujer.

La historia del discípulo galileo (San Lucas 8:1-3) aparece inmediatamente después de este recuadro, por lo que algunos la han asociado equivocadamente con María, "de la que habían salido siete demonios" con la mujer arrepentida. Sin embargo algunos estudiosos bíblicos consideran que es poco probable de que se nombre a Magdalena en San Lucas 8:1-3 y que sin embargo no se identifique en el texto anterior.

Mujeres Líderes Oprimidas

Otra posible si bien dolorosa explicación es que en los siglos III y IV, los líderes masculinos de la Iglesia trataron con éxito de oprimir el liderazgo equitativo de las discípulas. La comunidad Cristiana se encontraba en medio de un conflicto cultural al cambiar su veneración en hogares iglesias donde el liderazgo de la mujer era aceptado y se sentía como algo apropiado, a venerar en lugares públicos donde el liderazgo de la mujer se consideraba inapropiado y vergonzoso. Las Iglesias Montanistas y Valencianas que tenían líderes masculinos y femeninos, eventualmente se suprimieron. Los eruditos dicen que las comunidades Montanistas y Valencianas eran ortodoxas y que fueron suprimidas no porque sus enseñanzas eran heréticas, sino porque las mujeres al igual que los hombres participaban en liderazgo.

Durante esta misma etapa vemos la memoria de María Magdalena cambiar de una discípula fuerte y proclamadora de la Resurrección a una prostituta y pecadora pública arrepentida. Algunos eruditos hipotéticamente dicen que eso se hizo para minimizar la poderosa función de liderazgo de la mujer en los Evangelios, y de esta forma desanimar el liderazgo femenino de la Iglesia en los Siglos III y IV. La identificación final de María como una pecadora reformada públicamente logró una postura oficial en las homilías del Papa Gregorio el Grande (540-604).

La identificación de Gregorio hacia María como una pecadora sexual arrepentida apelaba a la imaginación popular y estaba orientada a reconstruir su historia en las Escrituras. Con el tiempo fue borrándose el recuerdo de muchas mujeres amigas de Jesús. El dulce ungimiento de María de Betani antes de la pasión de Jesús estuvo unida al de la mujer "de mala reputación" cuyas lágrimas bañaron y ungieron los pies de Jesús en la casa de Simeón. Los textos de ungimiento se unieron en uno genérico de la mujer pecadora, "Magdalena." De ahí en adelante, María Magdalena no se llegó a conocer en la historia como una mujer líder fuerte que amó a Jesús durante una muerte aterradora, que fue la primera testigo de su Resurrección y que proclamó al Salvador Resucitado en las primeras iglesias, sino como una mujer sensual que necesitaba arrepentirse y que vivía escondida (y se esperaba que también de silencio) en penitencia.

Agradecidamente, los eruditos del siglo XX han restaurado el testimonio que nos dio una mujer fuerte que fue María Magdalena. Se espera que dos mil años de malas interpretaciones sean restituidos. María Magdalena nuevamente vuelva a convertirse en el modelo ejemplar para las discípulas del siglo XI que fue para aquellos quienes dieron testimonio al Cristo Resucitado en los orígenes de la Cristiandad.

María Magdalena

¿Qué dices, Magdalena?


Viajera compañera, amiga de Jesús,


Compañera valiente


Que lo acompaña


Hasta su amargo final.






No eres prostituta,


Mujer Judía


Y Apóstol.


Denigrada, despreciada


por celos, temor y otros motivos.






Traicionada por tus hermanos,


quienes manejan el control


requiriendo que de


Mujer Testigo pases a Prostituta.


además, aún estaría bien.


(No como muchas criaturas masculinas,


tu entendiste bien las formas extrañas


de Dios el Maestro).


culpaste a ti misma, mi hermana,


por su fracaso de comprender


Todo Amor intrépido llama


por La Forma de Jesús Recién Nacido



María, Mujer Testigo, Mujer Amiga,


¿Que tienes que decir?


Solamente


"!Rabbo'ni!"


Cristo viene otra vez.


Amén. Aleluya, Amén.

-Christine Schenk csj

jueves, 8 de julio de 2010

EN MI GETZEMANI


MI GETSEMANI


MI======= SI7=========== Do#m
Para que mi amor no sea un sentimiento,
======LA======== Fa#m ==SI7
tan solo un deslumbramiento pasajero,

SOL# ====== Do#m
para no gastar mis palabras mas mías
==LA ========Fa#m ====SI7
ni vaciar de contenido mi te quiero,

Quiero hundir más hondo mis raíces en Ti
y cimentar en solidez este mi afecto.
Pues mi corazón que es inquieto y es frágil
tan sólo acierta si se abraza a tu proyecto.

===MI ======SI7 ======Do#m
Más allá de mis miedos, más allá,
==========LA =======Fa#m ====SI7
de mi inseguridad, quiero darte mi respuesta.
=====MI =====SI7 =======Do#m
Aquí estoy para hacer tu voluntad,
========LA =========Fa#m =SI7 ===MI (SI7)
para que mi amor sea decirte si hasta el final.
Duermen en un sopor y temen en el huerto,
ni sus amigos acompañan al maestro,
si es hora de cruz, es de fidelidades,
pero el mundo nunca quiere aceptar esto.

Dame a comprender Señor, tu amor tan puro,
amor que persevera en cruz, amor perfecto.
Dame serte fiel cuando todo sea oscuro,
para que mi amor no sea un sentimiento

No es en las palabras ni en las promesas
donde la historia tiene su motor secreto.
Sólo es el amor en la cruz madurado,
el amor que mueve todo el universo.

Pongo mi pequeña vida hoy en tus manos,
por sobre mis inseguridades y mis miedos
y para elegir tu querer y no el mío,
hazme en mi Getsemaní fiel y despierto.

lunes, 5 de julio de 2010

LA CRUZ Y EL CRUCIFICO

Si la cruz no puede desaparecer del todo, ¿por qué, entonces, cargarla solos?
Autor: H. Pablo Yeudiel González Cuéllar, L.C. | Fuente: Catholic.net

Fue un crucificado el que vino a traer al mundo el mensaje del amor. Un crucifijo nos recuerda a todos el poder devastador del odio y la venganza.

Por la cruz y su fuerza, el hombre ha aprendido a amar a su semejante, y a ver al que está próximo como prójimo. Con su luz ha aprendido a ser antorcha para los que sufren. Por la cruz, hombres y mujeres de todo el mundo han sacrificado sus vidas como testimonios elocuentes de servicio y caridad para llevar un poco de esperanza al hermano abatido.

Los ecos de este crucifijo siguen construyendo, a lo largo de la historia, templos vivos de humanidad y felicidad verdadera. Templos espirituales de belleza eterna que nadie podrá arrebatar ni arrancar de este mundo ni de la memoria de los hombres.

El crucifijo duele, pues nos recuerda, aún en nuestros días, que en el mundo hay víctimas, que hay explotación, hambre y guerra. Nos grita en tantos rincones oscuros que la noche no se acaba y que los niños siguen llorando por injusticias que claman al cielo.

En una sociedad donde reinan las divisiones entre ricos y pobres, fracasados y exitosos, sabios e ignorantes, marginados y exaltados; donde las líneas fronterizas son tan claras y evidentes; donde los abismos se hacen cada vez más profundos; donde entre el “tu” y el “yo” cada vez hay más silencio y desinterés... ¿Quién? ¿Quién será el que estreche esas manos de nuevo? ¿Quién logrará que nos haga abrazarnos como hermanos? ¿Quién será, si aquel que reconcilió el Cielo y la tierra, si aquel que perdonó a sus verdugos; si aquel que dio la vida por sus amigos; si aquel que ofreció su mejilla al que le insultaba, llegase a ser acallado en el silencio de la indiferencia y en la frialdad del olvido? ¿Quién nos recordará que todos los hombres somos una fraternidad sedienta y ansiosa de amor y paz? ¿Quién nos consolará? ¿Quién nos reconciliará?

Sin embargo, nuestro planeta sigue cargando la cruz, no puede arrojarla de sus espaldas. Porque la cruz no desaparece del todo, no muere. La cruz late fuerte en la vida de las personas. Niños sin sonrisas, jóvenes sin ilusión, egoísmos disfrazados de amor, vaciedad envuelta en modernismo, hombres y mujeres convertidos en instrumentos del dinero y el placer, lágrimas inocentes y clamores sordos. ¡Ahora, nos estamos quedando solos!

La cruz se nos hace pesada y rechazamos las manos que la aligeren. Olvidamos que existe un Dios capaz de sufrir por mí y conmigo, y con la memoria enferma y fría no sabremos más a quién recurrir. ¡Qué terrible orfandad a la que nos estamos enfrentando! Y la cruz, a pesar de todo, sigue ahí, viva, punzante e hiriente, en el corazón de cada hombre y mujer. Sin la luz del crucificado nuestras almas se llenarán un día de amargura y desesperanza, y a cada nuevo paso serán asaltadas por los miedos del infortunio y el fracaso...

Erradicar el crucifijo siempre será una posibilidad amenazante, mas la cruz seguirá latente en cada vida. El dolor y el sufrimiento forman parte de la vida del hombre. El sufrimiento en soledad hace del hombre un punto y aparte. El olvido de un Dios que sufrió, nos arrebata la esperanza en nuestro caminar tan humano, tan lleno de errores y de flaquezas.

Si la cruz no puede desaparecer del todo, ¿por qué, entonces, cargarla solos?